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06.04.2018
NOTICIAS DE LA ENERC
EN PRIMERA PERSONA
En Primera Persona...

Hoy escribe Silvina Urrizmendi, invitada a formar parte del Jurado Mezcal en el 33° Festival Internacional de Cine en Guadalajara, México

De la ENERC a Guadalajara

Hacía dos días que había vuelto del frío nocturno y el departamento compartido del Festival de Cine de Mar del Plata cuando recibí un llamado de la ENERC. Una voz de mujer, la de Laura, me preguntó si sabía que la escuela enviaba cada año a un estudiante de guión al Festival de Cine de Guadalajara para formar parte del Jurado Mezcal. Le contesté que no y entonces me explicó que me iría diez días a México, con todos los gastos pagos, que otorgaría premios en cinco categorías y que me acompañarían en esa tarea otros veintinueve estudiantes de cine, tanto de México como de otros países de América. Me preguntó también si podía ir y le dije que sí, incluso antes de saber la fecha. De alguna forma me iba a arreglar. Si siguiéramos los pasos de un manual de guión estándar, el llamado de Laura sería el detonante.

Desde aquel fin de noviembre hasta los primeros días de marzo antes de irme, la idea del viaje me parecía todavía algo irreal. Tuve que atravesar (padecer) las casi diez horas de vuelo y pisar tierra azteca para comprobar que estaba sucediendo. Aunque compartir el transporte con Sofía Gala y que escuchara delante de mí audios de Moria Casán mantuvo cierto toque de fantasía. Apenas llegué al hotel conocí a Irene, a quien bautizamos “la tía que te quiere pero te reta”. Un ser entrañable que durmió menos que cualquiera de nosotros y que nos guió en cada paso de la experiencia, primero por mail y después en persona. También habían llegado temprano otros estudiantes y miembros del jurado y todos juntos fuimos a comer. Enseguida supe que todo iba a ser muy chido. Mi primer punto de giro fue probar picante a las dos de la tarde.

Creo que la mejor forma de describir lo que sucedió en los días posteriores es a través de la palabra intenso. Fueron días muy intensos en los que vimos tres, cuatro y hasta cinco películas por día, a las que les seguía un debate sobre las actuaciones, la dirección, la fotografía y la película en su conjunto. Los intercambios a menudo se abrían como una mamuschka y lo que en principio comenzaba con la simple pregunta de si a alguien le gustó tal o cual filme, derivaba luego en una discusión sobre la función del cine como herramienta de divulgación. Por eso, los momentos más interesantes se dieron cuando una película polarizaba las opiniones al punto tal de que algunos la amaban y otros la odiaban. Surcar esa diferencia fue una forma gigante de aprendizaje. Y el conocido punto medio. Podría agregar en esta parte la Master Class de Guillermo del Toro, donde más que aprender de cine, fuimos testigos de lo que significa para un país sentir orgullo de uno de los suyos.

Sin embargo, y pese a todo esto, no puedo decir que conozco los paisajes de México, o sus comidas típicas, porque casi todos los días fuimos del hotel al Conjunto de Artes Escénicas (que estaba literalmente a unos pocos metros) y de vuelta al hotel. Pero sí tuve la fortuna de conocer a su gente, especialmente a través de los demás miembros del jurado de Guadalajara, Ciudad de México, Xalapa y Puebla. Pacientes, amables y hospitalarios, todos y cada uno de ellos me hizo saber al momento de irme que tenía casa donde quedarme cuando regresara. También tuve la suerte de tener una compañera de cuarto a la que le gustaba dormir tanto como a mí y cuya mochila era un supermercado ambulante siempre abastecido. También conocí a una oriunda de Puebla que va a entender por qué me rio cuando recuerdo al empleado de la pizzería gritar ¡Claudia, Pepe! Y así podría seguir, porque cada uno aportó algo especial. Lo mismo sucedió con quienes, al igual que yo, venían de otros países. Brasil, Puerto Rico, Cuba, Guatemala, Cataluña, Estados Unidos y China estuvieron presentes. Saber cómo ven el cine en sus respectivos países es una forma de valorar lo propio y añorar lo ajeno.

Al séptimo día votamos. Ya no había más películas por ver y los cuerpos se descontracturaron. Ese vendría a ser el segundo punto de giro, casi que el clímax, porque ya no había de qué preocuparse ni límites horarios para brindar. Fuimos a comer a una restaurante de comida italiana (una de las tantas paradojas) y pude comprar algunos souvenirs. Me topé con una calle llamada Argentina y pensé en qué habría pasado si nunca me hubiera anotado en la ENERC. Imposible saberlo pero agradezco todos los días haberlo hecho. Porque aprendí muchísimo, porque conocí personas que hoy día son amigos del alma y porque cuando creía que ya no había nada más que la escuela pudiese darme, ahí estaba yo en Guadalajara. Y Guadalajara siempre estará. Fin.