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11.5.2017
NOTICIAS DE LA ENERC
EN PRIMERA PERSONA

Hoy escribe María Julieta Binni...

Hoy escribe María Julieta Binni, estudiante de la carrera de guion de la ENERC, quien recientemente viajó con apoyo de la Escuela al Festival de Cine de Guadalajara, cuyos organizadores invitaron especialmente a un alumno de la Escuela para que formara parte del Jurado Mezcal, que tiene bajo su responsabilidad la elección del premio al mejor largometraje mexicano.

Todos los años el Festival Internacional de Cine de Guadalajara o FICG convoca a estudiantes de distintas escuelas del mundo a participar del Jurado Mezcal. Dicho jurado otorga el premio más importante del festival, es decir, el Premio Mezcal y medio millón de pesos mexicanos al ganador. Así que cuando Laura Keegan se comunicó conmigo para darme una de las noticias más hermosas después de saberme alumna de la ENERC, entré en pánico: había sido becada para irme a participar como jurado mezcal junto con otras 29 personas de todo el mundo. Pero eso no era todo, ese año se otorgaban además los premios a Mejor Director, Mejor Cinefotógrafo (o Director de Fotografía), Mejor Actor y Mejor Actriz.

Decidí que sí, que iba a irme. Que no sabía con qué me iba a encontrar allá pero me iba. Estas oportunidades se dan una sola vez en la vida y punto. No iba a achicarme justo ahora, cuando tanto esfuerzo me devolvía otra nueva oportunidad. Tuve la suerte de poder contar con la compañía de mi pareja Ezequiel Vega (egresado también de la ENERC) en el viaje, eso hizo que tuviera un poco menos de ansiedad y vértigo. Entonces sólo me quedaba esperar. Cada vez estaba más emocionada por lo que vendría.

Así que ahí estaba el 9 de Marzo almorzando con los primeros jurados que habían llegado al hotel Lafayette, en compañía de Irene Iribarne (ó “Tía Irene”, guía espiritual en nuestro recorrido), Álvaro, Paula y Venancio, quienes serían nuestros organizadores a lo largo del festival. Con una bolsita de cortesía y una carpeta con el ajustado cronograma que nos deparaban los próximos días: 22 películas en competencia, promedio de 4 o 5 por día, con discusiones estipuladas de antemano.
El jueves empezamos con todo. Un primer documental nos deslumbró y comencé a entender que a los mexicanos les pasaba un poco lo que a nosotros: subestimamos lo que tenemos. El cine nacional mexicano tiene, como en todo el mundo, grandiosas obras y otras no tan grandiosas, pero todas ellas merecen la pena y el lugar otorgado.

La primera reunión de discusión como jurado duró varias horas. Algo acartonados comenzamos a debatir sobre las películas del día. Empezamos a descubrir las diferencias culturales que teníamos, los puntos de vista únicos, la sensibilidad hacia una u otra película a través de la experiencia de vida. Las discusiones eran todavía demasiado tibias, creo que temíamos quedar expuestos erróneamente. Pero los almuerzos, los pequeños momentos entre película y película, los viajes en camioneta y las fiestas dieron lugar al vínculo, a conocer al otro, a perderle el miedo a la réplica negativa, a vernos como iguales. Y desde ese punto, no hubo retorno.

Las discusiones crecieron, se volvieron puntillosas y determinantes, debatíamos las favoritas para el premio interminablemente, cada cual desde su lugar, intentado persuadir al resto de aquello que cada uno veía, de su formación, de lo ético y lo intangible del cine. Todos con total respeto hacia el otro, lidiando con las diferencias. Seguimos.

Asistimos a charlas con figuras muy importantes dentro del universo cinematográfico Mexicano que procuraban contagiarnos su entusiasmo, empaparnos de experiencias. Incluso tuvimos un angustiante debate respecto de la realidad virtual con un docente Noruego especializado en guion, que se encontraba desarrollando guiones para este nuevo tipo de plataforma y quien nos aseveraba, nos guste o no, que culturalmente estábamos evolucionando hacia un mundo idílico virtual, carente de contacto con el otro. Absortos en ese fatalista futuro mantuvimos una conversación expansiva y reflexiva.

Llegó la discusión final, la determinante, debíamos definir las cinco estatuillas asignadas. Teníamos una clasificación previa y ese día teníamos que elegir a nuestros ganadores. Y nos costó estar de acuerdo. La votación se realizaba al otro día, de forma anónima, pero queríamos llegar con resultados por lo menos definidos. Y lo logramos, después de horas y horas de hablar y debatir, por fin sabíamos quiénes eran los merecedores de cada premio.

Más allá del proceso integral como jurado, que reafirmo ha sido una de las mejores experiencias que viví hasta el momento;  lo que más me nutrió del viaje en su totalidad –como creo que sucede en toda experiencia que embarquemos- fueron las personas a las que conocí y el proceso que atravesamos juntos. Creo que una de las cosas más maravillosas que compartimos como seres humanos es nuestra capacidad de ser tan distintos unos de otros, aun cuando tengamos demasiadas cosas en común. Nos unía la pasión por el cine, sí, pero también nos unía un mismo hilo generacional, una lectura de la realidad unívoca, un espíritu crítico y activo, la misma necesidad de derribar muros y prejuicios. Y ahí estábamos, sentados discutiendo sobre películas que, en realidad, hablaban sobre temáticas universales y que nos atravesaban por completo. Queríamos hacer justicia desde nuestro lugar para poder llegar a un resultado que nos diera una satisfacción, como una lucha minúscula en un tiempo y espacio particular.

Volví maravillada. Me cuesta escribir sin ponerle melancolía a todo, es que pasó demasiado rápido. Una vez más vuelvo a agradecer esta inolvidable oportunidad al Festival Internacional de Cine de Guadalajara, a Irene Iribarne, Manie, Paula y Venancio que con tanta paciencia nos acompañaron, a mis inolvidables compañeros de jurado que con tanto cariño recuerdo, a Laura y Lisandro de relaciones institucionales, al inigualable rector de la escuela Pablo Rovito, a mi hermosa e incondicional familia y a Ezequiel, que una vez más supo apoyarme y acompañarme.

Aquí y ahora, en este presente fatídico e incierto desde el que escribo, donde la industria nacional se encuentra en estado de alerta debido a políticas neoliberales del gobierno de turno que van en desmedro de lo conquistado durante años, no puedo más que agradecer haberme formado en una escuela pública, nacional y gratuita de tan elevada envergadura. La ENERC es nuestro oasis cinematográfico y una de las mejores escuelas del mundo. Gracias eternas a Pablo Rovito, por cuidar nuestra escuela y hacerla crecer tanto en sus años de gestión. Por darnos esa sensación de pertenencia que hizo que en este último tiempo saliéramos a defenderla como lo hicimos. Seguiremos resistiendo.