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10.8.2016
NOTICIAS DE LA ENERC
EN PRIMERA PERSONA
Hoy escribe Ezequiel Vega realizador egresado de la Escuela, que fue seleccionado por su promedio para viajar a China en el marco del Programa Looking China, organizado por la Agencia de Promoción de la Cultura China (AICCC), una organización sin fines de lucro dependiente de la Universidad Normal de Beijing, que invitó a egresados de la ENERC a la 7ma. edición de este proyecto, destinado a difundir la riqueza y diversidad de la cultura china.



La situación de ser avisado con prácticamente tres meses de anticipación no diluyó para nada la sensación de sorpresa, temor, ansiedad y desconcierto que me produjo encontrar y leer un correo electrónico enviado desde el área de Relaciones Institucionales de la ENERC, en donde se me proponía viajar a China a realizar un cortometraje documental en el marco de un proyecto internacional. La idea era retratar a una de las minorías étnicas que viven al norte del país, en una ciudad cercana a Mongolia llamada Sunan, bajo la premisa “Etnografía, encanto y cultura”, quedándonos durante 18 días entre las localidades Gansu y Lanzhou con todos los gastos pagos. Obviamente, también existía felicidad entre esas sensaciones pero me percibí en un futuro panorama con alma de prueba de obstáculos: no tenía cámara, ni trípode, ni equipo de sonido, ni el Premiere instalado en una notebook en condiciones. Nada. Fueron varias personas queridísimas las que me facilitaron cada una de estas cosas, quienes (además) me motivaron y apoyaron en todo momento para realizar el salto. Era la primera vez que me subiría a un avión, y serían 36 horas de vuelo por delante (con escalas en Río de Janeiro, Dubai y Beijing, para luego viajar desde allí a Lanzhou, ciudad de destino). Afortunadamente, viajé con mi amiga y compañera de Realización, Lucía Bonells, y con Juan Cruz Varela, profesor y coordinador del área de Producción de la escuela.  Y el viajé mejoró aún más cuando conocí a las otras tres personas que completaban el grupo argentino: Ignacio Oyuela (perteneciente a la UBA), Franco Dupuy y Sofía Montes (ambos de la FUC). Ignacio se convertiría luego en mi compañero de cuarto, colaborador en el proyecto, y en uno de mis mejores amigos.

Fue extraño llegar a Beijing y descubrir un grupo de gente con cámaras de video y flashes fotográficos, gritando y saludando a los recién llegados, ojerosos, destemplados. Evidentemente, el proyecto ya estaba iniciado y el making of existiría desde el día cero. En ese momento nos conocimos con quienes serían nuestras productoras/asistentes en pre, rodaje y postproducción. Mi voluntaria era Pu Lu, una chica muy joven que vivía junto con las otras voluntarias en el campus de la Northwest Normal University (NNU). Después de un viaje en un bus privado, donde charlamos de cine y cultura general (y descubrimos que ellos manejaban un inglés más bien “rústico” y apoyado sobre todo en el Google Translator), arribamos al hotel para invitados de dicha universidad. 

La NNU posee un campus impresionante, no sólo con los distintos pabellones de comunicación, periodismo y ciencias sociales, sino también bibliotecas, sitios para comer, parques, etc. Conocimos a los organizadores del evento (quienes, con pocas excepciones, no hablaban inglés) y nos acompañaron a un almuerzo de agasajo, organizado exclusivamente para los argentinos. Aquí comenzó una de las cosas más llamativas: los chinos aprovechan cualquier ocasión para sentarse a comer. No sólo eso, las mesas se atiborran de cantidades increíbles de platos y variedades, en almuerzos o cenas grupales, con mucha cantidad de picante y nada de bebidas frías (solo té o, en la mayoría de los casos, agua caliente para la digestión). Estas comidas pretendían, más que nada, fortalecer el vínculo entre las culturas, enseñarnos sus cualidades culinarias, romper el hielo. La cordialidad y la educación son muy destacables como así también el estricto manejo del tiempo (tanto para bien como para mal, es decir, en un sentido necesario de organización y aprovechamiento pero también dejando traslucir cierta violencia encubierta en el respeto de la puntualidad). A la tarde, asistimos a una sala de reunión donde los intendentes y organizadores nos aguardaban para que pitcheemos nuestros proyectos, para así saber qué necesitábamos del lugar, cuáles eran nuestras dificultades y con qué íbamos a encontrarnos. Se despejaron nuestras dudas y todos terminamos afianzados en nuestros distintos temas.

En la cena de bienvenida (donde comimos de un modo similar al almuerzo, es decir, mesas grupales de bandeja giratoria y numerosos platos) asistimos a uno de los primeros rituales de la comunidad Yugur con cantos, actores profesionales vestidos con las ropas típicas de la comunidad, y demasiado alcohol (una suerte de sake de origen chino). Había que brindar con cada una de las personas que se nos presentaban, cada uno de nosotros tomando tres vasos pequeños (similares a los del tequila). Está claro que esa noche terminó con charlas sin sentido, jocosidad y descompostura general. Los rodajes se iniciaban a las pocas horas.



Los documentales debían durar entre diez y doce minutos, y contábamos con cinco días de rodaje y cinco de postproducción íntegra. Mi rodaje se inició en el medio de la montaña, en los campos verdes donde familias Yugur cuidaban el pastoreo de sus ovejas. Atravesé sus distintos rituales (la mayoría, para la mirada occidental, eran complicados de sobrellevar e imposibles de despreciar, según sus milenarias tradiciones) y, una vez asentado completamente todo comenzó a fluir. Fue increíble. El cambio de punto de vista fue vital para no sólo comprender la diversidad cultural sino adaptarse a sus ritmos, sus tiempos, sus percepciones e incluso aprender a estar completamente cómodo en esos parajes, entendiendo qué es el cine para ellos, cómo explicarles lo que uno quiere y comprender en qué cosas radica el respeto y el entendimiento de lo verdaderamente importante para esa minoría étnica, para esa ciudad y para ese país.

Tanto en rodaje como en post, como parte de la premisa, tuve que hacerlo todo: preparar y hacer cámara, mientras hacía sonido directo o grababa ambientes, a la vez que dirigía las entrevistas y pensaba en la continuidad de las x tomas y escenas. No fue tarea fácil, pero la experiencia fue una de las más completas que atravesé en este medio cinematográfico. Es inevitable aprender, conocer la técnica fuera del área de confort, y lanzarse a hacer, a probar, a sortear el error y la dificultad y en esa limitación potenciar la creatividad. En ese “hacerlo todo” es donde uno pasa de la baja autoestima (al menos en mi caso, al pensarme sobrepasado por la situación) a la confianza total y a entender lo orgánico del cine, sea en el modo que sea.


Las personas de la comunidad eran personas interesantísimas, con un modo de ver a su sociedad, a su gobierno y a sus labores diarias que hicieron que mi viejo tema y plan de rodaje viraran hacia otra cosa completamente distinta. Sus modos de vivir, relacionarse entre sí e incluso en cómo se relacionaban conmigo brindó el material necesario para que el documental se realizara, tirando abajo toda previa concepción del tema para hacer nacer una idea nueva, ahí mismo en esos campos retratados, en ese país que me era tan ajeno y fuera de mi control.

La postproducción fue una tarea sencilla, al menos desde la búsqueda narrativa. Obviamente tuve muchísimos problemas con el sonido, con la utilización del software de edición que desconocía por completo, con la comunicación con las personas locales que se encargaban del lugar donde editábamos y de la rigidez de los horarios; pero que cada uno de nosotros haya logrado un producto en tiempo y forma, absolutamente por nuestros propios medios, nos otorgó una sensación de confianza y seguridad muy necesaria. Mis compañeros de viaje estaban ahí para ayudarme en cada una de las cosas que necesité, volviendo estas tareas mucho más sencillas.
Volví a Buenos Aires con un nuevo cortometraje bajo el brazo, con experiencias impresionantes y sumamente formativas, con nuevos amigos y contactos y entendiendo que China no es solamente una cultura milenaria en libros de texto y documentales, es un país con una diversidad étnica muy rica y compleja, con una organización de la vida cotidiana muy particular, y con una calidad humana única.

Muchísimas gracias a la ENERC por brindarme esta posibilidad prácticamente irrepetible!, Gracias a Pablo Rovito, a Laura Keegan y a Lisandro Gallo de RR.II., a Juan Cruz Varela, a mis compañeros de viaje, a Área Técnica de la ENERC y a los chicos de Biblioteca, a todos mis amigos, familiares y conocidos que me facilitaron equipo de rodaje, y a todos aquellos que participaron directa e indirectamente para que yo pueda embarcarme en este proyecto.